sábado, 1 de septiembre de 2007

Cortázar

Vietato introdurre biciclette



En los bancos y casas de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un pioloncito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta, se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras se propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, ente dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristales de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de la tierra esta prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: "y perros", lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de los abogados de la calle San Martin sin ocasionar mas que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje los susodichos animales a la calle. Ésto último puede suceder, pero no es humillante, primero, porque solo constituye una probabilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fina maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o esmalte, tablas de la ley inexorable que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

De todas maneras, cuidado, gerentes!. También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepais que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas; que las astas de sus mannubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y que el día luctuoso se cierre con la baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.





Julio Cortázar. Historias de Cronopios y de Famas.-

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