Que momento tan devastador. Sólo leí dos palabras y el mundo se cayó como caen las cosas. Rápido, sin vueltas. Y pensé que no debería temblar ni llorar, que para qué lo haría.
Dijo Virginia, cuando le preguntaron porque alguien debería de
morir: "para que los
demas valoremos la vida"
En ese instante me pregunté que sería de todo aquello que sabías y no iba a
tener el gusto de enterarme. Me dije: ¿a dónde se va todo lo que fuimos,
lo que somos, lo que seremos?. A
la tierra.
Punto.
O en su defecto al fuego, o al aire. En fin, a la nada. Todos nosotros hacia ella. Cada parte.
Y también: Que complicado, no debería pensar ni un segundo, y despues: pero si
Descartes no hubiese... no existiría "Pienso luego
existo".
Sin embargo, en mi cabeza sólo queda el recuerdo imaginario de una visita, una charla
sobre todo lo que fué Beckett, mirar un video, preguntar sobre alguna carta de
Cortázar, escuchar anécdotas, reírme de tu anillo de
oro, de tu forma de caminar, de tus ganas de que pruebe un membrillo horrible. Admirar
cada palabra, aunque me enojaría cuando a veces salte la soberbia contenida
la pedanteria del bolsillo
ese ego gigantesco.
Y aunque no se justifique, ¿cómo no podrías tenerlos? ¿Y ahora que hago con todo esto
que quise que pasara?
Seguiré imaginando, pensando en el recuedo. Guardando
caramelos de miel.
Compartimos tan poco. Sólo tu entusiasmo por Samuel y mi pequeño
principio
de fanatismo. Que tampoco pudimos compartirlo. Y entonces, ¿por qué repercutió
tanto en mi esta noticia?
No lo sé.
Ni quiero saberlo.
A mi manera, con todos tus pro y contras, supe quererte.
Ojala esté por allá, charlando con Borges, preguntandole porqué tuvo que hacerle puré,
hablando mal de su mujer. Comentándole a Kantor sus ganas de
realizar un seminario en su nombre. Allí espero que, esté felíz.
¿Que será de todo lo demás?
Y en mi cabeza sólo queda el recuerdo imaginario de una visita
que nunca se concretó.
De verdad fué un gusto
profesor,
fué un gusto.

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